Un Niño en la campaña
Desde hace bastante la comunidad científica dedicada a las investigaciones sobre el clima viene advirtiendo sobre la magnitud histórica que podría tener el fenómeno de El Niño en estos meses finales de 2026 y el primer tercio de 2027.
Aunque por esos lados, la información suele enfocarse en los aspectos regionales, las alertas en realidad vienen siendo dirigidas a todo el planeta. Es que, según las previsiones de los expertos, este "Súper Niño" repartirá lluvias de abundancia crítica e inundaciones en algunas partes del globo terráqueo y en otras descargará sequías furibundas que podrían disparar, como uno de esos efectos, la proliferación de incendios forestales de magnitud inédita.

La Argentina es uno de los territorios que más daños podría sufrir de la mano del fenómeno, y el Chaco está en el lote de provincias que se llevaría la peor parte de esos perjuicios. La propensión humana a ahorrarnos angustias nos llevó primero a pensar, en términos colectivos, que tales advertencias padecían de un dramatismo excesivo. Ahora que ya comenzamos a ver manifestaciones concretas de que lo que hasta hace poco era solo un pronóstico de dudoso cumplimiento, lo que muchos se dicen a sí mismos es que las cosas anticipadas por los especialistas sucederán, pero no con la gravedad estimada por ellos.
La realidad es que hoy por hoy lo improbable no es que los cálculos científicos sean certeros: lo poco probable es que no se cumplan. Y si esas condiciones desastrosas se vuelven parte de nuestra existencia cotidiana, durante meses que podrían ser de pesadilla, no es alocado pensar que El Niño, además de sus devastadores efectos sobre las economías regionales y millones de hogares, también tenga un rol determinante en las elecciones del año que viene.
Igual o peor
El Niño que comienza a desplegarse ahora es asociado con dos "ediciones" históricas que los habitantes de estos rincones del mundo seguramente recordarán. Hubo un "Súper Niño" en 1983, que en el caso del Chaco provocó una de las peores inundaciones que se recuerden, y otro en 1998, que golpeó a nivel global, pero en nuestra provincia en particular repitió la película de miles de familias afectadas por el anegamiento de sus hogares, más pérdidas productivas siderales y perjuicios en infraestructura. Esta vez, dicen, puede ser similar o peor.
Lo que podríamos anotar en la columna de lo positivo es que las experiencias anteriores llevaron a que en la provincia se encarase un plan integral de defensas contra inundaciones, que encuentra ahora al Chaco en mejores condiciones de hacer frente a la emergencia en ciernes. Lo no tan bueno es que las obras se dedicaron, principalmente, a proteger solo una parte de todo el territorio, el Gran Resistencia, y que esa infraestructura tiene, como cualquier otra, sus puntos débiles.
Traumas vividos
Traumas relacionados con inundaciones no faltan en nuestra historia. Los más veteranos recuerdan las de 1966 como una de las más terribles. Una crecida histórica del Paraná que encontró a Resistencia prácticamente virgen en materia de recaudos contra esa eventualidad. El agua entró a decenas de miles de viviendas y cubrió gran parte del área urbana hasta llegar a pocas cuadras de la Casa de Gobierno.
La siguiente de una magnitud similar fue la de 1982/83, que tiene como hito más recordado el colapso del dique regulador que apenas cuatro años antes se había inaugurado sobre el río Negro, en Barranqueras. Fue el debut y despedida para una obra cuya rotura permitió que el agua avanzara sobre la capital, donde se inundaron barrios enteros. Se habló aquella vez de unas 30.000 familias afectadas y daños por entre 100 y 300 millones de dólares. Se abrió por el escándalo del dique una causa penal, dirigida a delimitar responsabilidades eventuales de funcionarios y constructores, que no llegó a nada: el expediente prescribió luego de muchos años de inacción judicial.
Fue esa inundación la que dio lugar a una consigna: "Resistencia nunca más bajo las aguas". Pero también fue esa situación límite de toda la sociedad provincial la que acabaría gestando un liderazgo político que tiempo después haría historia: el de José Ruiz Palacios, el coronel retirado que había sido gobernador militar del Chaco en el tramo final de la dictadura iniciada en 1976 en la Argentina.
Ruiz Palacios, cuando Resistencia zozobraba y miles de vecinos ayudaban en todas partes acarreando bolsas de arena para improvisar defensas en las zonas más bajas, recorrió esos frentes de batalla a cualquier hora del día o de la noche, y construyó un mito que él se encargaría de capitalizar después, cuando la democracia ya había regresado y los chaqueños tenían una mirada crítica sobre los partidos tradicionales.
El batacazo del coronel
Ruiz Palacios fundó un partido, Acción Chaqueña, en 1988, y al año siguiente fue la gran sorpresa de las elecciones al ganar la intendencia de Resistencia. Todo lo que la gente recordaba de él era que se había calzado las botas siete años antes para cargar bolsas como un vecino más.
En 1991 estuvo a punto de ser gobernador, pero una mayoría de jueces peronistas entronizada en el Superior Tribunal de Justicia le impidió ser candidato bajo el argumento de que no tenía suficientes años de residencia en la provincia. Ruiz Palacios tuvo que bajarse de su postulación y la candidatura quedó en manos de su compañero de fórmula, Rolando Tauguinas. Pese al cambio, el predicamento del coronel y el descrédito del peronismo y del radicalismo hicieron que Tauguinas ganara las elecciones de 1991. Era la primera vez que el justicialismo del Chaco perdía una elección en comicios libres.
Después, una ruptura silenciosa entre Ruiz Palacios y Tauguinas dejó al gobierno de Acción Chaqueña sin sustento político, sumado a que la falta de experiencia de la dirigencia de la nueva fuerza y la posición de minoría de esta en la Legislatura acentuaba la fragilidad del proyecto. Tanto que el oficialismo perdió las elecciones intermedias de 1993 y en 1995 continuó en caída libre, y se quedó así en tercer lugar en la pelea por la gobernación.
Pero más allá de ese final, y de que estemos hablando de una realidad local y mundial totalmente diferente a la actual, hoy atravesada por los cambios que las nuevas tecnologías dispararon, la mención de aquel fugaz capítulo de la historia política provincial apunta a recordar que, muchas veces, fenómenos totalmente ajenos al devenir de las instituciones y los partidos, procesos en apariencia circunscriptos estrictamente a los vaivenes de la naturaleza, terminan por quebrar las compuertas que en teoría los separan de otros territorios. Por ejemplo, los de la política.
El 27
Las advertencias sobre este nuevo Súper Niño hablan de impactos temibles en la Argentina y en nuestra provincia. Inundaciones que cubrirán vastas áreas urbanas y rurales, desastres en los cultivos, miles de cabezas de ganado perdidas, daños en infraestructura, más todas las consecuencias que ese combo tendrá en la actividad económica, el empleo y los niveles de pobreza. Estamos anotados entre las regiones que más sufrirán por lo que viene. Pero la Argentina toda padecerá perjuicios que se medirán en miles de millones de dólares y secuelas que seguirán generando costos en el mediano y largo plazo.
Si las cosas suceden de esa manera, ¿qué tan a la altura de las circunstancias estarán quienes gobiernan los municipios, las provincias, la Nación? ¿Qué tan cerca suyo sentirán los ciudadanos a sus representantes? Una gran oportunidad de mostrar proximidad, un inmenso riesgo de quedar expuesto a años luz de las necesidades más concretas del ciudadano común.
Si El Niño entra en la campaña, quizás introduzca en el proceso una variable de definición que hasta ahora no estaba en los papeles de nadie.
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Jorge Pilar, titular de APA












