Leer transforma el cerebro
Leer parece algo tan natural que casi nadie se detiene a pensar en lo extraordinario que es. Sin embargo, el cerebro humano no nace sabiendo leer. Hablar sí es algo que traemos de fábrica, pero la lectura es una invención de las personas que apareció hace apenas unos miles de años. Por eso, cada niño que aprende a leer construye en su cabeza un camino nuevo, que antes no existía, y lo hace con paciencia y práctica.
Maryanne Wolf, investigadora norteamericana que estudia cómo funciona el cerebro y autora del libro "El cerebro lector", lo explica con mucha claridad. Según ella, la lectura transforma el cerebro de manera real y física, porque este tiene la capacidad de cambiar y adaptarse a lo que hacemos. Al leer, se conectan las zonas que se encargan de ver, de entender el lenguaje, de sentir y de pensar. Es decir, leer pone a trabajar a todo el cerebro al mismo tiempo.
Pero los beneficios van más allá. Según Wolf, cuando leemos con calma, se inicia un complejo proceso en el que relacionamos lo que dice el texto con lo que ya sabemos, comparamos ideas y nos preguntamos si lo que tenemos ante nuestros ojos es verdad. Además, afirma la investigadora, ese ritmo pausado deja un pequeño espacio de silencio en la mente, donde nacen pensamientos propios. Y aquí está lo interesante, porque en el mundo actual, lleno de noticias falsas y mensajes confusos, esta capacidad de analizar y dudar con criterio resulta más valiosa que nunca.
Pero eso no es todo, porque la lectura también nos vuelve más sensibles hacia los demás. Al meternos en la historia de un personaje, salimos por un rato de nuestro propio punto de vista y vivimos lo que siente otra persona. Así, por ejemplo, aprendemos a entender sus razones y a compadecernos de su dolor. Por esta razón, Wolf sostiene que leer nos ayuda a reconocer la humanidad que compartimos, y eso fortalece la convivencia y la democracia, porque se hace más difícil ver a quien piensa distinto como un enemigo.
Wolf advierte que el uso excesivo de pantallas y la costumbre de pasar la vista rápido sobre los textos, sin detenerse, debilitan estas capacidades. El entorno digital nos acostumbra a saltar de un contenido a otro, y se calcula que los jóvenes llegan a distraerse hasta 27 veces por hora. De esta forma, el cerebro se habitúa a la rapidez y deja de dedicar tiempo a reflexionar. Como ocurre con un músculo, si no se ejercita, se debilita.
Por eso, Wolf insiste en cuidar desde la primera infancia las habilidades básicas. Recomienda que, antes de los cinco años, los padres lean cuentos a sus hijos cada noche, porque ese momento compartido enriquece el lenguaje, las emociones y la empatía incluso antes de que el niño aprenda a leer. También pide no usar la pantalla como niñera (algo muy frecuente en la actualidad) y mantener un uso muy limitado entre los cinco y los diez años, para que no desplace el desarrollo de la lectura profunda.
Asimismo, Wolf defiende el papel impreso tradicional como medio principal para enseñar a leer, sin dejar de lado las habilidades digitales. En rigor, habla de formar un cerebro capaz de moverse bien en ambos mundos. Además, aconseja fijar reglas claras de tiempo en casa y no usar la pantalla como premio ni como castigo, ya que así se vuelve más deseada y más adictiva. Y subraya la importancia de apoyar a los niños con dificultades como la dislexia, para que nadie se quede atrás.
Es importante remarcar aquí que no se trata de rechazar la tecnología, sino de usarla con sabiduría. Leer un libro impreso, aunque sea veinte minutos al día, es una manera sencilla de proteger la atención, el pensamiento y la sensibilidad. Por lo tanto, quizá valga la pena preguntarnos cuántas veces al día leemos con verdadera atención y cuántas solo pasamos los ojos por la pantalla. Responder con honestidad ya es un primer paso. Y si empezamos con estos buenos hábitos desde chicos, regalamos a los niños algo que los acompañará toda la vida.











